Sentaos a mi alrededor. Voy a tratar de contar de qué va Final Fantasy XIII de manera sencilla. Existe un planeta llamado Gran Paals. Orbitando a Paals existe un satélite llamado “el Nido” creado por unas criaturas semidivinas y mágicas llamadas fal’Cie. En el Nido vive gente, regentada por el Sanctum y “protegida” por la Guardia. A veces, los fal’Cie asignan tareas a humanos marcándolos. A dichos humanos se les conoce como lu’Cie y, si cumplen su cometido, obtienen la inmortalidad transformándose en cristal, de lo contrario se transforman en monstruos llamados Ci’Eth. En Paals también hay fal’Cie y uno de ellos, Anima, decide hacer una visita a la ciudad de Bodhum en el Nido. Temiendo un conflicto entre los fal’Cie de Paals y los fal’Cie de el Nido, el Sanctum quiere exiliar de el Nido a los que han sido testigos de la aparición de Anima. Uno de esos exiliados es Lighting, una miembro de la guardia que va en busca de su hermana Serah, una lu’Cie buscada también por su novio Snow,quien lidera un movimiento rebelde en contra del exilio impuesto por el Sanctum. Lighting cuenta con el apoyo de Sazh el cual va en busca de su hijo. En medio de los enfrentamientos entre exiliados y la Guardia, el joven Hope pierde a su madre y se une a la joven Vanille para escapar del embrollo. Todos ellos coinciden frente a Anima, luchan contra ella y la vencen no sin antes ser marcados como lu’Cie. El grupo comenzará la odisea para lograr cumplir, si no quieren convertirse en Ci’Eth, su objetivo marcado: destruir el Nido.

¿Ha quedado claro? Pues ahora viene la historia de porque he tardado prácticamente dos años en pasarme el juego…. nah, en realidad no hay mucho que contar. Simplemente, juegos más interesantes se iban cruzando por mi camino y el juego acababa en la estantería unos meses, hasta que me decidía a retomarlo. Probablemente los principales motivos han sido la tediosa linealidad del juego, su carácter episódico y falta del interés necesario en la historia para querer salir adelante. Tampoco es que la historia de Final Fantasy VII, por ejemplo, fuera la repanocha, pero en ese caso el juego estaba al servicio del jugador (uy, parezco Ana Botella) y aquí ocurre lo contrario, el jugador está completamente a merced del ritmo del juego hasta el antepenúltimo capítulo. Momento en el que el factor de exploración decide asomarse, disculpándose por su tardanza. Es en ese momento cuando se empieza a disfrutar el juego y este decide hacerle algo de  justicia a la franquicia. Muy mal señor Motomu Toriyama.

Hablemos de la jugabilidad. ¿Os he dicho que era lineal? Bueno, pues pasemos a la chicha de la saga. Como siempre, se trata de matar bichos, ganar experiencia e ir subiendo de nivel. Aunque aquí no podemos hablar de niveles, como en los anteriores juegos. ¿Os acordáis del sistema de esferas del Final Fantasy X?  ¿No? Bueno, me la trae floja. El caso es que cada personaje cuenta con un “cristarium” divido en niveles y cada nivel posee esferas y cristales que, al desbloquearlos, aumentaran la fuerza, magia y/o vitalidad del personaje; o simplemente este adquirirá una nueva habilidad.

Volviendo al tema de los combates, como ya ocurría en Final Fantasy XII, los encuentros dejan de ser aleatorios. En todo momento podremos ver a nuestros adversarios y salir por patas si lo deseamos. Sin embargo, a la hora de entablar combate, no es tan molón como su predecesor. En FF XII no había distinción entre exploración y combate. En XIII vuelven las pantallas de combate y sus respectivas intros que desesperan a los que quieren ir al grano. Menos mal que el sistema de combate mola.

Basado en un sistema de paradigmas, cada personaje se especializa en tres roles concretos de entre los posibles: sanador, inspirador, obstructor, castigador y fulminador. Dicho sistema de paradigmas consiste en combinar los roles de nuestros personajes principales para llevar una estrategia concreta para afrontar la batalla, durante la cual podemos cambiar de paradigma al vuelo. Saber utilizar los paradigmas correctamente es vital en determinados combates, sobretodo en jefes. Aunque sigo prefiriendo  el sistema de “gambits” de FF XII, me han parecido muy buena la idea y su implementación. El único fallo, y bien gordo, de este sistema de combate es la posibilidad de que todo se vaya al garete si el lider del grupo muere, aunque sus compañeros tengan la barra de vida llena. Por supuesto, también existen las invocaciones, pero no son de uso vital así que paso de perder el tiempo describiéndolas.

Donde más destaca Final Fantasy XIII es en el apartado visual, pero eso no es ninguna sorpresa ya que la gente de Square Enix son unos artistas en este aspecto. Probablemente sea uno de los juegos que mejor lucen de la actual generación gracias al estrenado motor gráfico Crystal Tools realizado a lo Juan Palomo. Aunque prefiero el aspecto más puramente fantástico medieval como el ofrecido en Final Fantasy XII o el magnífico Final Fantasy IX, el futurismo de FF XIII recoge mucha inspiración onírica que consigue darle un toque especial al mundo creado por el equipo de Isamu Kamikokuryo. Como viene siendo habitual, el diseño de personajes es de Tetsuya Nomura, aunque lamentablemente el carisma no depende sólo del aspecto. Aún así es encomiable su intento de convertir a Light en el icono femenino de la serie como hizo con Cloud Strife en lo que respecta a personajes masculinos.

La banda sonora corre a cargo de Masashi Hamauzu, mano derecha de Nobuo Uematsu en Final Fantasy X. Hamauzu consigue una agradable ambientación gracias a su libreto puesto en manos de la orquesta filarmónica de Varsovia. Lo que no entiendo es que en la versión occidental del juego hayan sustituido el tema original del juego “Kimi ga iru kara” de Sayuri Sugawara por un tema de Leona Lewis, “My Hands“, en lugar de la habitual localización de la canción original. Esto se hizo por falta de recursos, vamos, por la crisis. No lo digo yo, lo dice la wikipedia, que es muy sabia.

Final Fantasy XIII no es en absoluto un mal juego y es un decente JRPG. De hecho, el título cuenta con una buena legión de fans. Sin embargo, a mi parecer, no ha sabido estar al nivel de las entregas anteriores de la saga. Tal vez por un exceso de ambición, las intenciones han hecho que les salga el tiro por la culata para mucha gente. Pero, si algo funciona, ¿para qué cambiar? Insisto en que no es un fracaso. Se trata de un juego de muy bella factura y un despliegue técnico y artístico de quitarse el sombrero. Pero ni de coña recordaré las horas invertidas en él (unas 65) con el mismo cariño que las que eché en las entregas décima y duodécima. 7,5.

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