Sentía que su cuerpo se estaba apagando.  Francisco levantó levemente la cabeza de su almohada y  dirigió la mirada hacia el crucifijo colgado de la pared. Se puso a murmurar una oración por petición del párroco que le acompañaba junto a su lecho, al igual que su familia. Francisco se detuvo en seco. El párroco intento arrastrarle ralentizando y subiendo el volumen de la oración. Pero el horror le había dejado mudo.  Por última vez en la vida, sus ojos se abrieron como platos. Atravesando a sus allegados, ignorantes de lo que estaba ocurriendo, ciento noventa y cinco mil sombras se agolpaban con fluidez alrededor de la cama y ocupaban todas las rendijas, esquinas y grietas de la habitación. Un mar de ojos, ciento noventa  y cinco mil pares, le miraban fijamente.  Las sombras se disiparon y las miradas confluyeron en un  enorme ojo que le observaba desde el pié de la cama. Dentro de la pupila, pudo ver una sonrisa. Y el horror acabó por inundarle. Un largo brazo desollado se abalanzó desde el interior de la gran esfera clavando la mano, en gesto de garra, en el pecho de Francisco. Sintió como se despegó brutalmente de su cuerpo sin poder reaccionar.  En menos de un segundo, se precipitaba dentro de aquel peculiar pozo y caía envuelto de oscuridad. Miró hacia atrás y la luz se empequeñecía a ritmo considerable. Intentó gritar, pero no tenia voz. Intentó llorar, pero no tenía lágrimas. Quiso orinarse encima, pero no tenía orín. Mientras la luz desaparecía, pudo oír llantos lejanos estallando que se mezclaban con las risas y vítores que procedían de cualquiera que fuera su destino. Un segundo antes de que le envolviera la oscuridad por completo, pudo oír una lastimosa y grupal consigna. Arriba España.

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