el-gran-arco-Eva-Zapico-9Eva Zapico es una mujer bajita que hace teatro. Resulta que, hace unos tres años, tuvo la idea de reflejar el trastorno mental en forma de obra de teatro y se puso a crear junto a Angel Figols lo que derivaría en «El Gran Arco«. Lo pasearon por muchos escenarios e incluso les dieron premios buenos, de esos que muerdes y no se doblan. Y, os voy a decir una cosa, yo no la había visto. Pero, gracias a la reposición de  la semana pasada en la Sala Ultramar, si alguien me para por la calle y me pregunta «Oye, tu has visto El Gran Arco«, puedo decir «Por supuesto», levantarme las solapas de la chaqueta y seguir andando. Y si, antes de arrancar a andar de nuevo, me pregunta «¿Y qué te pareció?» ya puedo decir, «pues verás…

cuando ves el trabajo de alguien que te ha o te ha estado mentorizando en esto de hacer teatro, sueles analizar su trabajo mucho más cuando estás de espectador. Pero, ¿puedes creer que apagué completamente el analizador? Dejé de verlo todo en tonos rojos, con letras y desapareció el cursor que bailaba por mi retina. El texto me atrapó completamente, oye. Y que bien que lo hacían Eva y Angel. Tanto en la calma como en lo frenético. Me preguntaba por los personajes, mejor dicho, por el personaje de ella. Esa mujer (bajita) que soñaba con perros asesinos, tenía una tortuosa relación con la mortadela y era completamente incomprendida por sus padres. En ciertos momentos llegué a dudar de si él, ese psicólogo no exento de turbiedad, realmente existía o era fruto de ese cerebro plasmado en los acolchados parabanes. Al terminar la obra, que se me pasó volando, notaba como iba cayendo y formando poso la admiración por un trabajo tan bien hecho. Jo, yo también quiero jugar…. Básicamente eso.»

Y, entonces, reprendería mi camino.

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