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La creación colectiva ha sido, y es, una herramienta potente para manifestar inquietudes sociales en tiempos convulsos. El principal objetivo por el que vio la luz era el exponer una situación de injusticia o de incomodidad social, tal como indica Augusto Boal en sus escritos sobre el teatro del oprimido. Sin embargo, en países relativamente acomodados como el nuestro, nos acercamos más a la creación colectiva como, por ejemplo, una mera herramienta de trabajo de los talleres de dramatización y teatro cuyo objetivo final es una muestra orientada al público. ¿Se desvirtualiza pues la esencia original de la creación colectiva en los países del primer mundo? No tiene porqué. La creación colectiva como método de expresión de una inquietud común no solo puede utilizarse como herramienta para tomar consciencia de determinadas situaciones sociales y/o políticas contemporáneas. Su función está más que legitimada mientras exista la intención de comunicar. Mientras exista un interés en dejar patente la visión del grupo sobre un tema determinado.

Permitid que frivolice un poco. Pongamos, por ejemplo, que tenemos un grupo y decidimos hacer una creación colectiva sobre los helados de chocolate, ya que a todos nos encantan. Si nos limitamos a hacer un espectáculo donde simplemente mostremos a gente comiendo helados de chocolate, lo único que estaremos consiguiendo es realizar una ilustración. Por muy plástico que pueda resultar, mientras no haya intención de comunicar lo que los helados de chocolate suponen para nosotros y convertirlos en el eje del montaje, estaremos fracasando en la labor de hacer llegar al público la importancia de estos deliciosos postres. La esencia de estos se diluirá, al igual que los propios helados, bajo el calor de los focos. Es entonces cuando tenemos que recurrir a la evocación subjetiva, de cada uno de los miembros del grupo, para poner en marcha el viaje emocional que puede llegar a suponer algo tan simple como un helado de chocolate. Para alguno, puede evocar la despreocupación y felicidad de las tardes de verano o, para otro, los largos paseos por la playa con su madre. Incluso podemos evocar sentimientos negativos como, por ejemplo, el momento en el que una gran mancha de helado de chocolate destrozó el traje de novia de vuestra madre, cosido con cariño por vuestra abuela. Con todos estos sentimientos y experiencias en el capazo, el grupo tiene una base sólida para comenzar a elaborar una trama y utilizar los recursos dramatúrgicos oportunos para construir un espectáculo en el cual primará el deseo de hacer llegar al público estos sentimientos.

En definitiva, la creación colectiva no se nutre en esencia de una dramaturgia altamente elaborada. La honestidad y la sinceridad son los motores que idean, construyen y comunican una historia, de tú a tú, a un público receptivo. Con este argumento pretendo defender el uso de la creación colectiva en talleres de teatro dentro de los ámbitos académico y social con la clara convicción de que supone una experiencia más enriquecedora que el uso de un texto ya escrito. Es un proceso cuyo objetivo es, mediante el uso de herramientas teatrales y pedagógicas, aunar varias voces en una para mostrar una inquietud concreta de un grupo homogéneo en forma de montaje teatral.

Es una reflexión que lanzo a aquella gente en disposición de impartir un taller de teatro, ya sea en escuela o en cualquier ámbito social como, por ejemplo, centros cívicos de cualquier índole. En definitiva a cualquier tallerista que trabaje con un grupo más o menos homogéneo y desee acercarlos al juego dramático y a la liturgia del teatro desde un enfoque grupal. Recomiendo abrazar fervientemente el trabajo de la creación colectiva dentro de un taller de iniciación al teatro por varios motivos. Para empezar, los alumnos del taller no son actores. Es importante tener claro que el nivel de exigencia que apliquemos al grupo tiene que empezar en dosis muy pequeñas. Hay que ser comprensivo y tratar de dirigir las sesiones con pedagogía. Lo importante es que se diviertan y que el conocimiento de las técnicas, practicadas en los juegos, lo adquieran implícitamente. En el caso de que queramos realizar una muestra con público, si es posible, evitar usar un texto predeterminado. Como talleristas con gran estima por el teatro, es normal que estemos tentados a trasladar a los alumnos nuestra pasión por un determinado texto. Hay varios motivos por los que considero que no es una buena idea. En primer lugar, puede parecer un recurso fácil, pero conlleva bastante esfuerzo adecuar el texto a un determinado número de personas. Una obra ya escrita, además, posee una jerarquía de peso entre los personajes y el reparto de roles puede llevar a conflictos y falta de motivación, sobretodo entre alumnos más jóvenes. Finalmente, si se muestra al público, este estará mas pendiente de valorar la obra en conjunto que el trabajo de los participantes ya que acude con la intención de ver una obra de teatro, normalmente conocida, con unas expectativas predeterminadas.

Con los argumentos que he desarrollado no quiero quitar validez al trabajo de personas que prefieran proceder de esta manera, simplemente considero que la elección de la creación colectiva tiene resultados más satisfactorios por simples razones. Proponer a los alumnos y alumnas de un taller realizar una muestra escénica sobre un problema que les atañe o sobre algo que a todos les apetezca va a incrementar su nivel de motivación. Un alumno motivado es un alumno implicado. La responsabilidad del tallerista recaerá en dirigir satisfactoriamente las sesiones de juego e incluir ejercicios de improvisación con la temática escogida por el grupo. Simplemente habrá que recoger el resultado de esas improvisaciones, transcribirlas y moldearlas hasta conseguir escenas en las que se sientan representados y con ganas de interpretar con la naturalidad con la que están acostumbrados a tratar el tema. De esta manera, conseguiremos crear comunidad, fortalecer la empatía de los participantes y utilizar el teatro como herramienta de expresión social.

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